De camaleón a bambú

¿Dónde está el límite entre adaptarse y ser uno mismo? ¿Cómo mantener el equilibrio entre la capacidad de sentir y transformarse con el entorno, sin por ello quebrarse a cada paso en una constante pérdida de identidad?

En primer lugar, es importante aceptar la imperfección; aceptar que las cosas son como son, en vez de centrarnos en modelos de una hipotética perfección que nos gustaría. Equilibrio no es sinónimo de perfección, sino de armonía. La “aurea mediocritas” de la que hablaba Aristóteles no era un punto medio cuantitativo, sino cualitativo. No se trata tanto de aprender rigurosamente un paso militar como de aprender un baile acompasado. Evitar esta clase de perfeccionismo nos puede ayudar a encontrar el equilibrio entre ser nosotros mismos y adaptarnos, sin la necesidad de llevar al extremo ni la autenticidad ni la complacencia.

La película de Woody Allen, Zelig, muestra de forma cómica y trágica al mismo tiempo la historia de un personaje que tiene tanto afán por complacer y comprender empáticamente a toda persona con quien está, que termina por transformarse de forma camaleónica en cada una de ellas, perdiendo totalmente su propia identidad. Quiero compartir a continuación un fragmento del “final feliz” de esta historia, porque me parece que tiene mucha sabiduría:

“Zelig ha dejado de ser un camaleón para ser, al fin, él mismo. Sus puntos de vista sobre política, arte, la vida y el amor son honestos y espontáneos. Aunque su gusto pueda describirse como de vulgar, es el suyo. Finalmente, es un individuo, un ser humano. Ya no abandona su identidad para formar parte de algo seguro e invisible que le rodea.

Que seamos capaces de escuchar, de aprender, de recibir, de transformarnos… no anula, sino que complementa y enriquece, nuestra capacidad de pensar, hablar, enseñar, dar, crear…

Se suele decir que el bambú es más resistente que el roble, porque a pesar de tener menos fuerza, tiene más flexibilidad, y esto lo hace adaptable a los cambios, y capaz de superar los fuertes vientos sin romperse (dicen que su resistencia a la tensión es de 28.000 por pulgada cuadrada, versus 23.000 para el acero). Las personas que se adaptan y son capaces de recibir del entorno se acercan más al bambú que a un roble frío y rígido. Pero al bambú no le basta con su flexibilidad para adaptarse, sino que también cuenta con unas raíces treméndamente fuertes y preparadas (tras sembrar sus semillas, tarda 7 años en empezar a crecer, y desde entonces crece a una velocidad de 32 metros al mes) sino que además de hacerle un árbol altamente resistente, le permiten que cuando se le corta el tallo, siempre vuelve a brotar.

No se trata, por tanto, de perder la flexibilidad, sino de sustentarla sobre unas raíces fuertes, y estar siempre abierto a levantarse después de caer, y a seguir creando y creciendo a pesar de nuestros disgustos, fracasos o crisis.

Beatriz Ariza R.

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