La historia del Anillo

Todos los días empezamos con un claro pensamiento en nuestras mentes de alcanzar el éxito, es por ello que nos esforzamos para cumplir con una serie de requisitos dictados por la sociedad y nosotros mismos. Muchas veces en esta situación, terminamos por caer en una predisposición para ser juzgados tan duramente que termina derrumbándonos, somos juzgados por nuestro entorno y, lo que aún es peor, es que a veces quienes lo integran no están en la capacidad de hacer una crítica constructiva y por el contrario reprimen el valor real que pueda existir en ti, al no saberlo apreciar.

Por tal motivo, es bueno saber reconocer a los referentes y conocedores de tu campo, aquellos quienes serán claves para potenciar tus habilidades con el fin de que puedas descubrir por ti mismo el talento y el valor que tienes.

Ahora bien, para afianzar esta pequeña idea, deseo compartirles una historia que nos trasmite la importancia de encontrar buenos referentes en nuestro entorno ya sea en la familia, el trabajo, nuestras amistades y/o en la sociedad, para que así aporten en nuestra vida críticas constructivas con el único objetivo de orientarnos y guiarnos en nuestro desarrollo personal  y profesional.

Historia del Anillo

Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada.

Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto.

¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

El maestro sin mirarlo, le dijo:

-Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema.

Quizás después… y haciendo una pausa agregó:

si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este problema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.-

E… encantado, maestro– titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.

Bien, asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño y dándoselo al muchacho, agregó:

– Toma el caballo que está allá afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda.

Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro.

Ve y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes.

Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo.

Vendiendo el anilloCuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y solo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En el afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.

Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado, más de cien personas, abatido por su fracaso montó su caballo y regresó.

¡Cuánto hubiera deseado el joven tener esa moneda de oro!

Podría entonces habérsela entregado él mismo al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.

Entró en la habitación.

– Maestro –dijo– lo siento, no se puede conseguir lo que me pediste.

Quizás pudiera obtener dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.

– Qué importante lo que dijiste, joven amigo – contestó sonriente el maestro.

Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero.

¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuanto te da por él.

Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.

El joven volvió a cabalgar.

El joyero examinó el anillo a la luz del candil con su lupa, lo pesó y luego le dijo:-

AnilloDile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.

– ¡58 MONEDAS! -exclamó el joven.

 – Sí, -replicó el joyero- yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé… si la venta es urgente…

El joven corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido.

– Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo

– Tú eres como este anillo: Una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto.

  ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?

Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño.

– Todos somos como esta joya, valiosos y únicos y andamos por los mercados de la vida pretendiendo que gente inexperta nos valore.

SIEMPRE RECUERDA LO MUCHO QUE TÚ VALES, AUNQUE QUIZÁS, ALGUNAS PERSONAS A TU ALREDEDOR NO TE LO DEMUESTREN.

Beatriz Nieto T.

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